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Madonna y "Confessions II": La pista de baile nunca dejó de pertenecerle

En Concierto, analizamos cómo Madonna regresa a la pista de baile con un disco que une su legado con el pop actual y reafirma su lugar como la Reina del Pop.

Benjamín Carrasco |

Madonna (4)

Madonna (4)

Hay discos que buscan mirar hacia adelante. Otros viven de la nostalgia. "Confessions II" consigue algo mucho más difícil: regresar a uno de los momentos más importantes de la historia del pop sin sentirse atrapado en él.

Madonna vuelve al universo que construyó junto a Stuart Price hace más de veinte años, pero no lo hace para repetir una fórmula. Lo utiliza como punto de partida para recordarnos que la pista de baile sigue siendo el mejor lugar para contar historias.

Porque eso es, finalmente, "Confessions II": un confesionario construido sobre sintetizadores, bajos, house y luces estroboscópicas.

No es casualidad que prácticamente toda la crítica coincida en describirlo como su mejor trabajo desde "Confessions on a Dance Floor". Medios como The Guardian, NME, Rolling Stone y Variety lo sitúan como el regreso más sólido de Madonna en décadas. Y cuesta discutirlo.

Hay algo que hace que el disco funcione desde el primer minuto: su confianza. Madonna ya no necesita demostrar nada. Simplemente entra a la pista de baile y recuerda por qué lleva cuatro décadas siendo la persona que mejor entiende cómo funciona el pop.

Un santuario para el pop

Lo interesante de "Confessions II" es que jamás intenta competir con la nueva generación. Hace algo mucho más inteligente. La abraza.

El ejemplo más evidente es "Bring Your Love", junto a Sabrina Carpenter. La colaboración nunca se siente como una artista veterana intentando sonar joven. Al contrario. Madonna parece entregarle simbólicamente una parte de esa corona a una de las voces más importantes del pop actual.

Y Sabrina responde exactamente como debía hacerlo. Su presencia mantiene el ADN del pop contemporáneo, mientras Madonna sostiene la estructura clásica sobre la que se construye todo el álbum.

Ese equilibrio termina convirtiéndose en una de las grandes virtudes del disco. Porque "Confessions II" suena clásico. Pero también completamente actual. Y lograr ambas cosas al mismo tiempo probablemente solo está al alcance de alguien que entiende el género desde dentro.

El pop tiene muchas expresiones

Quizá la verdadera confesión del álbum no esté en las letras. Está en su concepto.

Madonna parece decirnos que el pop nunca fue un sonido específico. Es un lenguaje. Puede sonar house. Puede sonar dance. Puede acercarse al folk. Puede incorporar electrónica, reggae o incluso spoken word.

Todo sigue siendo pop si la emoción logra llegar al mismo lugar. Y Madonna parece dominar todas esas expresiones con una naturalidad impresionante. No intenta seguir tendencias. Hace que las tendencias giren alrededor suyo.

Una pista de baile que nunca termina

Hay un detalle de producción que probablemente sea una de las mejores decisiones del disco y que merece escucharse con audífonos.

Cada canción termina desvaneciéndose mientras la siguiente comienza exactamente de la misma forma. Los fade out y fade in prácticamente eliminan la sensación de cambio entre un tema y otro.

El resultado recuerda inmediatamente a un DJ mezclando canciones durante una noche completa. Ningún tema termina realmente. Simplemente se transforma en el siguiente.

Como si las confesiones nunca abandonaran la pista de baile. Como si el club siguiera abierto. Como si estuviéramos recorriendo distintas habitaciones del mismo lugar donde hace veinte años sonaba "Hung Up", pero ahora iluminadas por una generación completamente distinta.

Ese trabajo de continuidad convierte los 64 minutos del álbum en una sola experiencia. No en dieciséis canciones independientes.

La reina sigue entendiendo el juego

Puede que "Confessions II" no supere a "Confessions on a Dance Floor". Probablemente tampoco lo pretenda.

Lo que consigue es algo igual de importante. Demostrar que Madonna sigue entendiendo el pop mejor que la mayoría de quienes hoy intentan definirlo.

No desde la nostalgia. Ni desde la necesidad de mantenerse vigente. Sino desde la convicción de que el pop siempre ha cambiado de forma. Y que ella, desde hace más de cuarenta años, ha sabido anticiparse a cada una de esas transformaciones.

Al terminar el disco queda una sensación difícil de explicar. No parece que las canciones hayan terminado. Da la impresión de que la música simplemente sigue sonando en otra habitación.

Y quizás esa sea la verdadera confesión de Madonna. Que la pista de baile nunca se apagó. Solo estaba esperando que la Reina del Pop volviera a encender las luces.

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