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La salud mental de los chilenos muestra una mejora, pero cifras revelan dónde siguen las principales alertas

La salud mental en Chile mejora frente a 2020, pero el 25,8% de los adultos presenta ansiedad y casi 70% de quienes tienen problemas no accede a ayuda.

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Decir que la salud mental de los chilenos simplemente está empeorando no refleja completamente lo que muestran los últimos datos.

Los problemas generales de salud mental entre la población adulta urbana llegaron a su nivel más bajo desde que comenzaron a medirse en 2020. Sin embargo, al mirar indicadores específicos aparece una realidad bastante más compleja. El 25,8% de los adultos presenta síntomas moderados o severos de ansiedad, mientras un 19% declara sentirse frecuentemente solo o excluido.

A ello se suma otra cifra especialmente relevante: el 69,7% de quienes han tenido o tienen problemas de salud mental no buscó ayuda o no pudo acceder a un especialista. Los antecedentes forman parte del Termómetro de la Salud Mental Achs-UC y vuelven a cobrar relevancia en la antesala del Día Mundial de la Salud Mental, que se conmemora este 10 de octubre.

Ansiedad: la principal alerta pese a la mejora general

Los problemas generales de salud mental alcanzan actualmente al 12,7% de la población adulta urbana, el registro más bajo desde el inicio de la medición en 2020.

Para Viviana Tartakowsky, directora de la Escuela de Psicología de la Universidad Bernardo O’Higgins (UBO), esa evolución obliga a evitar diagnósticos demasiado simples. “Estamos frente a una situación con luces y sombras. No sería correcto afirmar simplemente que la salud mental de los chilenos está cada vez peor. Sin embargo, persisten indicadores que requieren atención”, explica.

Uno de ellos es la ansiedad. Su prevalencia llega al 25,8% entre los adultos, pero existe además una marcada diferencia según sexo: alcanza un 35,5% entre las mujeres, frente al 13,4% registrado entre los hombres.

La especialista apunta a un contexto donde conviven preocupaciones económicas, laborales y familiares, inseguridad y sobrecarga de responsabilidades. A esto se suma una hiperconectividad que puede dificultar los momentos de descanso. “La ansiedad es una respuesta humana normal y necesaria; el problema aparece cuando se vuelve excesiva, persistente y comienza a interferir con nuestra vida”, señala Tartakowsky.

El 19% de los adultos se siente frecuentemente solo o excluido

Estar rodeado de personas tampoco significa necesariamente sentirse acompañado. Según los datos entregados, un 19% de los adultos reporta sentirse frecuentemente solo o excluido. El porcentaje aumenta hasta un 26,6% entre las personas de 30 a 39 años.

Para Tartakowsky, la explicación no pasa simplemente por la cantidad de interacciones sociales. “Una persona puede tener familia, compañeros de trabajo, cientos de contactos en redes sociales e incluso una vida social activa y, aun así, sentir que no tiene con quién compartir genuinamente lo que le ocurre”, explica.

La especialista sostiene que la soledad está vinculada principalmente con la calidad y el significado de los vínculos, más que con el número de personas presentes alrededor.

Casi 70% no buscó ayuda o no pudo acceder a un especialista

Las dificultades tampoco terminan al reconocer que existe un problema. El Termómetro muestra que un 69,7% de quienes han tenido o tienen problemas de salud mental no buscó ayuda o no pudo acceder a atención especializada.

Detrás de esa cifra confluyen distintos obstáculos. Por una parte, permanecen barreras culturales como el estigma o la creencia de que los problemas deberían resolverse sin ayuda externa. Por otra, existen dificultades prácticas relacionadas con los costos, la cobertura, la disponibilidad de horas y los tiempos de espera.

Las señales cotidianas que no deberíamos normalizar

No todos los períodos difíciles significan que exista un trastorno de salud mental. Sin embargo, ciertas situaciones pueden convertirse progresivamente en parte de la rutina y dejar de llamar nuestra atención. Dormir mal durante semanas, despertar cansado, permanecer irritable, perder interés en actividades que antes generaban satisfacción, tener problemas de concentración, aislarse o sentir que nunca es posible desconectarse aparecen entre esas señales.

La clave, explica Tartakowsky, está en observar tres elementos: intensidad, persistencia e interferencia. “Una señal aislada no significa necesariamente que exista un trastorno. Lo relevante es observar la intensidad, la persistencia y la interferencia: cuánto tiempo lleva ocurriendo y cuánto está afectando nuestro trabajo, nuestros vínculos o nuestra capacidad para disfrutar”, sostiene.

Salud mental: ni patologizar todo ni normalizar el sufrimiento

En la antesala del Día Mundial de la Salud Mental, la especialista también pone el foco en acciones cotidianas. Dormir adecuadamente, realizar actividad física, reservar momentos de desconexión digital, mantener vínculos presenciales significativos y conversar sobre aquello que nos preocupa pueden formar parte del cuidado diario.

Y cuando el malestar se vuelve persistente o comienza a afectar la vida cotidiana, pedir ayuda también forma parte de ese cuidado. “No necesitamos estar disponibles, productivos ni conectados permanentemente. No debemos patologizar todas las emociones difíciles, pero tampoco normalizar un sufrimiento que se vuelve persistente y empieza a interferir con nuestra vida”, concluye Tartakowsky.


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