Los monstruos que protagonizan las historias de terror han cambiado con el paso del tiempo. Algunas amenazas que antes parecían aterradoras hoy pueden resultar familiares, mientras otras han comenzado a surgir desde espacios que forman parte de nuestra vida cotidiana.
Las redes sociales, la inteligencia artificial e incluso los filtros que utilizamos para modificar nuestra apariencia se han convertido en nuevas expresiones de un miedo mucho más antiguo: el temor a aquello que los seres humanos somos capaces de crear.
Esa es una de las reflexiones del escritor de horror, crítico literario y académico de la Universidad Adolfo Ibáñez, Jesús Diamantino, quien presentó su libro Miedo en la carne en conversación con Concierto Valor.
Durante la entrevista, el autor abordó cómo la sociedad construye sus propios temores, por qué la pandemia transformó las historias de terror y de qué manera las tecnologías actuales pueden relacionarse con uno de los monstruos más reconocibles de la literatura: Frankenstein.
¿Quién decide a qué le tenemos miedo?
El miedo suele entenderse como una reacción individual frente a una amenaza. Sin embargo, Diamantino propone observarlo también como un fenómeno colectivo.
Para el escritor, aquello que una sociedad considera aterrador no depende únicamente de respuestas biológicas, sino también de la cultura y del contexto en que vivimos. “En mi libro yo propongo la tesis de que los miedos son en realidad colectivos”, explicó.
Según el autor, las personas pueden comprender racionalmente sus temores e incluso aprender a administrarlos, pero no siempre tienen el control completo sobre aquello que les provoca miedo. “Somos capaces de racionalizar el miedo y también de administrarlo, pero colectivamente los miedos se eligen y los miedos también se eligen por nosotros”, sostuvo.
Desde esta perspectiva, la cultura, los medios de comunicación y los discursos sociales participan en la construcción de las amenazas que identificamos como importantes. Por eso, los monstruos que aparecen en distintas épocas también pueden revelar las preocupaciones de las sociedades que los imaginan.
Las películas de terror como reflejo de la sociedad
Para Diamantino, el cine y la literatura de horror cumplen una función que va más allá de provocar sobresaltos.
Las mejores historias del género consiguen representar inquietudes que ya existen entre las personas, aunque no siempre sean expresadas abiertamente. “Una buena película de terror o un buen libro de terror es aquel que toca los puntos de presión fóbicos de la sociedad”, afirmó.
En ese sentido, las criaturas, amenazas y situaciones que aparecen en la ficción pueden funcionar como representaciones de conflictos reales. “Lo que nos está dando miedo en este minuto es lo que se proyecta necesariamente en el arte”, explicó.
El terror permite convertir preocupaciones difíciles de identificar en imágenes e historias concretas. Y, según el escritor, esa capacidad explica parte de la vigencia del género.
El monstruo doméstico: cómo cambió el terror después de la pandemia
Uno de los cambios más importantes identificados por Diamantino ocurrió después de la pandemia de COVID-19. El confinamiento modificó la relación de las personas con sus hogares, sus familias y la cercanía física.
Espacios que tradicionalmente se asociaban con protección también comenzaron a relacionarse con aislamiento, incertidumbre y riesgo de contagio. “Después de la pandemia nuestros miedos cambian radicalmente”, señaló.
Para el escritor, esa experiencia colectiva dejó una huella en las historias de horror. “La literatura y el cine abordan los espacios íntimos, los espacios dentro del hogar, porque hay una sombra del confinamiento donde el otro tan cercano podía contagiarnos y matarnos”, explicó.
De esa transformación surge lo que el autor denomina el monstruo doméstico. La amenaza ya no necesita aparecer desde un bosque oscuro, un castillo abandonado o un territorio desconocido.
Puede instalarse en el interior de la casa y en las relaciones más cercanas. “Ahora las mejores ficciones proyectan el monstruo doméstico”, sostuvo.
La idea refleja cómo una experiencia compartida por millones de personas puede transformar también las historias que una sociedad considera inquietantes.
El síndrome Frankenstein y los nuevos monstruos tecnológicos
Si la pandemia cambió nuestra relación con los espacios íntimos, el avance de la tecnología está modificando la manera en que entendemos nuestra identidad.
Para explicar este fenómeno, Diamantino recuperó la figura de Frankenstein, una de las grandes referencias de la literatura de terror. El personaje creado por Mary Shelley permite reflexionar sobre las consecuencias de producir algo artificial que posteriormente adquiere una presencia propia en la vida humana.
Diamantino utiliza esa imagen para interpretar fenómenos contemporáneos. “Las redes sociales y la inteligencia artificial las denomino como el ‘Síndrome Frankenstein’, la idea de cómo lo artificioso se hace parte de nuestras vidas”, explicó.
La comparación no significa que la tecnología sea literalmente un monstruo. Su planteamiento apunta a la inquietud que surge cuando las creaciones artificiales comienzan a transformar nuestra percepción de lo auténtico. Las imágenes generadas mediante inteligencia artificial, las identidades digitales y los filtros que alteran nuestros rostros forman parte de esa reflexión.
¿Por qué los filtros de redes sociales son tan Frankenstein?
Una de las comparaciones más llamativas del escritor se relaciona con una práctica cotidiana: modificar nuestra apariencia mediante herramientas digitales. Los filtros pueden cambiar rasgos faciales, corregir imperfecciones o producir imágenes que no corresponden exactamente con nuestra apariencia física.
Para Diamantino, esa construcción de una versión artificial de nosotros mismos puede leerse a través de la tradición de Frankenstein. “La cultura del filtro es muy Frankenstein; esos son justamente los nuevos monstruos que surgen”, afirmó.
La reflexión apunta a una pregunta sobre la relación entre identidad, tecnología y realidad. Cuando una imagen puede ser modificada constantemente, la diferencia entre lo que somos y lo que mostramos adquiere nuevas dimensiones. En ese escenario, el terror encuentra otras formas de representar preocupaciones que antes se expresaban mediante criaturas fantásticas.
¿Por qué disfrutamos de las historias que nos asustan?
A pesar de representar situaciones que normalmente intentaríamos evitar, las películas y los libros de terror siguen despertando interés.
Para Diamantino, parte de su atractivo está en la posibilidad de experimentar emociones difíciles dentro de un espacio ficticio. “El terror como género es uno de los géneros más honestos que muestran nuestras contradicciones, nuestros vacíos y nuestras carencias”, sostuvo.
El autor considera que las historias de horror permiten observar aspectos de la experiencia humana que no siempre encuentran espacio en otros géneros. También ofrecen una forma de procesar preocupaciones que existen fuera de la pantalla o de las páginas de un libro. “A través de ese consumo nosotros somos capaces de canalizar también nuestros miedos reales”, explicó.
Desde esa mirada, disfrutar una película de terror no significa necesariamente buscar el miedo por sí mismo. También puede representar una manera de reconocerlo, enfrentarlo y comprenderlo.
Los monstruos cambian, pero el miedo permanece
Las reflexiones reunidas en Miedo en la carne permiten conectar distintas épocas de la literatura y el cine de terror con las preocupaciones del presente. La pandemia dejó nuevas inquietudes sobre la cercanía, el hogar y las relaciones humanas.
Las redes sociales introdujeron otras preguntas sobre la apariencia y la construcción de identidad. Y la inteligencia artificial está ampliando los límites de aquello que puede ser creado o reproducido artificialmente.
Para Jesús Diamantino, estos cambios no significan que el miedo haya desaparecido o que los monstruos tradicionales hayan perdido su valor. Lo que cambia es la manera en que las sociedades representan aquello que las inquieta.
Frankenstein sigue siendo una referencia del horror, pero los nuevos monstruos ya no necesitan esconderse en castillos o laboratorios: también pueden aparecer en las pantallas que utilizamos todos los días.
