Brasil se prepara para elegir presidente en una contienda marcada por la competencia entre Luiz Inácio Lula da Silva y Flávio Bolsonaro, pero la división política estaría llegando mucho más lejos que las urnas. El rechazo hacia quienes piensan distinto comienza a instalarse incluso en relaciones familiares, personales y laborales.
Es lo que el académico de la Escuela de Periodismo de la Universidad Diego Portales e investigador del núcleo Milenio MEPOP, Marcelo Santos, define como “polarización afectiva”. En conversación con Concierto Valor, Santos analizó el escenario brasileño a pocos días de las elecciones presidenciales, abordando además la decisión de Lula de prohibir las apuestas online y el papel de WhatsApp y Telegram en la circulación de desinformación.
Marcelo Santos
Brasil realizará la primera vuelta presidencial el próximo 4 de octubre, con una eventual segunda vuelta programada para el 25 del mismo mes. Lula y Flávio Bolsonaro encabezan actualmente la competencia.
Cuando la división política se transforma en emocional
Para Santos, uno de los elementos fundamentales para comprender el escenario brasileño está en la naturaleza que ha adquirido la polarización.
Ya no se trataría exclusivamente de diferencias entre programas, partidos o posiciones ideológicas. “El problema de lo que pasa en Brasil y en muchos lados de la región en estos tiempos es que la polarización es de tipo afectivo: la gente se queda más bien con una emoción que con una idea y se distancia el diálogo”.
El concepto apunta a una división donde adquiere especial relevancia cómo una persona percibe emocionalmente al grupo político contrario.
La consecuencia es que el enfrentamiento puede trascender la discusión electoral y llegar a relaciones cotidianas. Familias, amistades o compañeros de trabajo pueden comenzar a distanciarse no solamente porque discrepan respecto de determinadas políticas, sino por el rechazo asociado a la identidad política del otro.
La elección brasileña ocurre precisamente en un escenario de alta polarización y competencia estrecha entre sus principales candidatos.
Lula prohíbe las “bets” en plena recta final
Otro factor irrumpió en la campaña durante los últimos días: las apuestas online, conocidas popularmente en Brasil como bets.
El 25 de septiembre, Lula firmó una medida provisional que prohíbe la explotación, oferta, intermediación y publicidad de estas plataformas. Las empresas quedaron inmediatamente impedidas de recibir nuevas apuestas y deberán finalizar sus operaciones durante los primeros días de octubre.
Lula justificó públicamente la decisión por los efectos sociales y sanitarios asociados al juego problemático. El mandatario llegó a comparar el problema con un “cáncer” que debía ser extirpado.
Santos, sin negar esa dimensión social, incorporó otro elemento a su análisis: el momento electoral en que se tomó la decisión. “Es una apuesta en realidad del presidente Lula para ganar un poquito de clivaje en esta recta final”.
Según el académico, la medida ha encontrado una recepción favorable y también puede ser interpretada desde la estrategia de campaña. “Toma esa decisión de prohibir las bets, lo cual ha tenido una súper buena recepción [...] ha sido una movida más bien electoral”.
Se trata de la interpretación de Santos sobre las motivaciones políticas de la medida. El Gobierno brasileño la ha presentado públicamente como una respuesta a los daños sociales provocados por las apuestas.
El problema de WhatsApp durante las elecciones
La disputa electoral también ocurre en espacios digitales considerablemente más difíciles de observar.
Santos puso especial atención en WhatsApp y Telegram, donde las conversaciones se desarrollan principalmente dentro de grupos y mensajes privados. “WhatsApp y Telegram son zonas menos fiscalizadas por periodistas”.
Esa característica, según explicó, puede facilitar la circulación de contenidos que difícilmente enfrentarían el mismo nivel de escrutinio que una declaración pública, una publicación abierta o una noticia. “Terminan siendo un lugar donde se pueden cultivar discursos más libres, en el sentido de que circula mucho discurso de teorías de conspiración que pueden alimentar narrativas no buenas para la democracia”.
La preocupación adquiere especial importancia en un escenario donde Brasil también ha reforzado su preparación frente a eventuales interferencias y operaciones digitales durante el proceso electoral. Autoridades brasileñas han reportado además un incremento de ciberataques y campañas de phishing en el periodo previo a los comicios.
¿Pueden las plataformas controlarse a sí mismas?
El debate sobre desinformación conduce a otra pregunta: quién debe establecer las reglas de los espacios digitales.
Una de las posibilidades defendidas históricamente por compañías tecnológicas consiste en implementar mecanismos internos para moderar contenidos y combatir abusos.
Santos se mostró especialmente crítico con la posibilidad de depender exclusivamente de ese mecanismo. “La autorregulación es la peor idea posible en este contexto”.
Su cuestionamiento apunta al historial de las propias plataformas y a los incentivos que tienen las compañías para establecer límites sobre los espacios que administran. “No hay forma de confiar en que la autorregulación sea una salida suficiente”.
El problema se vuelve todavía más complejo en aplicaciones cerradas, donde observar qué contenidos están circulando resulta considerablemente más difícil que en plataformas abiertas.
Una elección que también se disputa fuera de las urnas
La competencia entre Lula y Flávio Bolsonaro terminará resolviéndose mediante votos. Sin embargo, el análisis de Santos apunta a fenómenos que podrían permanecer más allá de la jornada electoral.
La polarización afectiva puede continuar deteriorando el diálogo entre personas que se identifican con sectores políticos distintos. La mensajería privada permite que determinadas narrativas circulen en espacios difíciles de fiscalizar. Y decisiones sobre problemas sociales como las apuestas online también adquieren inevitablemente una dimensión electoral cuando son adoptadas durante una campaña.
Brasil llega así a las urnas con una disputa que no ocurre solamente entre candidatos. También se desarrolla dentro de las familias, en las conversaciones privadas y en plataformas digitales donde la frontera entre información, identidad política y emoción puede volverse cada vez más difícil de distinguir.
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