La controversia por el uso del Estadio Nacional para los conciertos de BTS abrió una discusión que va más allá de la realización de un espectáculo. Para los integrantes del panel Panal de Ideas, el episodio terminó evidenciando debilidades en la coordinación del Estado para enfrentar eventos de escala internacional y proyectó una imagen de improvisación que podría afectar la reputación del país.
Durante la conversación en Concierto Valor, los panelistas coincidieron en que el fenómeno BTS no debía analizarse únicamente desde la industria musical, sino también como una oportunidad económica y de posicionamiento internacional.
Un evento que trasciende la música
Marcelo Trivelli sostuvo que recibir una serie de conciertos de BTS representa mucho más que albergar un espectáculo masivo.
"¿Qué ciudad no quisiera tener a BTS con tres conciertos consecutivos? O sea, ese es un evento de clase mundial para una ciudad que le dice al mundo: 'Estoy preparada para esto'", afirmó.
A su juicio, este tipo de eventos moviliza turismo, inversión y atención internacional, por lo que también pone a prueba la capacidad de gestión de las instituciones públicas.
El costo de una mala coordinación
Para Trivelli, la principal consecuencia del conflicto no fue administrativa, sino reputacional.
"El daño reputacional es gigantesco... En toda Asia están en esto porque BTS es un fenómeno cultural, no es solo musical", advirtió.
En esa línea, sostuvo que Chile terminó instalando una discusión que pudo haberse resuelto mucho antes mediante una mejor coordinación entre los organismos responsables.
"Se compraron un conflicto gratis cuando el Estadio Nacional debiera estar diseñado y preparado para eso... Esto lo debió haber resuelto un jefe de división del IND o cuando mucho el gerente del estadio", agregó.
Una planificación que no llegó a tiempo
Francisco Cerda coincidió en que la situación resulta difícil de explicar desde el punto de vista de la gestión.
"Me sorprende desde el lado de la gestión... si esto es como estar preparando un Lollapalooza... es bien increíble que se haya llegado hasta ahí a ese momento", comentó.
Para el panel, la magnitud del evento hacía previsible la necesidad de coordinación entre las distintas instituciones involucradas.
Agilidad no significa improvisación
Kim Brierley sostuvo que la discusión también deja una enseñanza sobre la forma en que se toman decisiones en el sector público.
"La agilidad no nos obliga a tomar decisiones improvisadas y eso no es gestión... necesitamos reglas claras también", planteó.
A su juicio, contar con protocolos definidos permitiría reducir la incertidumbre y evitar que conflictos de este tipo escalen hasta convertirse en un problema público.
Más que un concierto, una prueba de gobernanza
Para los panelistas, el caso BTS terminó convirtiéndose en un ejemplo de cómo un evento cultural puede transformarse en un desafío de gestión pública.
Más allá del desenlace de la controversia, coincidieron en que el episodio invita a reflexionar sobre la capacidad del país para organizar espectáculos de escala global, coordinar a sus instituciones y responder a oportunidades que también generan impacto económico, turístico y reputacional.
