Cuando se habla del desarrollo de una ciudad, la conversación suele centrarse en nuevas carreteras, edificios o sistemas de transporte. Sin embargo, para el arquitecto Antonio Lipthay, la verdadera diferencia entre las ciudades que logran transformarse y aquellas que avanzan lentamente está en algo menos visible: la planificación.
Durante Concierto Valor, el experto en diseño urbano analizó las lecciones que Santiago puede extraer de la experiencia de Barcelona y reflexionó sobre los desafíos que enfrenta la capital chilena.
El desafío del largo plazo
Lipthay sostuvo que uno de los principales problemas del desarrollo urbano chileno es la dificultad para mantener proyectos que trasciendan los ciclos políticos.
“Donde nosotros nos caemos fuertemente es en el largo plazo”, afirmó.
A su juicio, el principal ejemplo de planificación sostenida en Chile ha sido el Metro de Santiago, cuya expansión responde a una estrategia que se ha mantenido durante décadas.
Una ciudad fragmentada
Otro de los obstáculos mencionados por el arquitecto es la estructura administrativa de Santiago.
Actualmente, la capital está dividida en decenas de comunas con responsabilidades compartidas sobre infraestructura y espacio público.
“Si uno junta todos los bordes de las comunas, tienes 1.000 kilómetros de disputa”, explicó.
Según indicó, esa fragmentación dificulta la coordinación de proyectos metropolitanos y limita la capacidad de desarrollar una visión común para la ciudad.
Un nuevo hito para Santiago
En ese contexto, Lipthay valoró la puesta en marcha del Teleférico Bicentenario como un avance relevante para la conectividad urbana.
El proyecto permitirá mejorar la conexión entre distintos sectores de la capital, especialmente con Ciudad Empresarial, incorporando un nuevo modo de transporte al sistema metropolitano.
Para el especialista, este tipo de iniciativas demuestra el potencial de integrar infraestructura innovadora al desarrollo urbano.
Lo que Barcelona hizo diferente
El arquitecto recordó que la transformación de Barcelona no ocurrió de manera espontánea.
Los Juegos Olímpicos de 1992 marcaron el inicio de una profunda renovación que permitió abrir la ciudad hacia el mar y reorganizar buena parte de su espacio urbano.
“Barcelona se renovó urbanamente y esa renovación detonó crecimiento y desarrollo urbano”, explicó.
Más de tres décadas después, ese proceso continúa proyectando beneficios económicos y turísticos para la ciudad.
Una obra que redefine la ciudad
Lipthay también destacó la finalización de las torres de la Sagrada Familia durante 2026, coincidiendo con el centenario de la muerte de Antoni Gaudí.
A su juicio, completar el perfil urbano del templo consolida uno de los principales símbolos arquitectónicos de Barcelona y fortalece aún más su atractivo internacional.
Una lección para el futuro
Más allá de comparar dos ciudades, el especialista insistió en que la principal enseñanza tiene relación con la capacidad de sostener una visión compartida durante muchos años.
“Planificar a largo plazo, respetar ese plan y seguir adelante con ese plan”, resumió.
Porque, según planteó, las ciudades que logran transformaciones profundas no son necesariamente las que construyen más rápido, sino aquellas que saben hacia dónde quieren avanzar antes de comenzar a construir.
