Paul McCartney está lejos de despedirse. Si alguien esperaba encontrar en "The Boys From Dungeon Lane" una obra crepuscular o un cierre de carrera, bastan apenas unos minutos para entender que esa teoría nunca tuvo demasiado sentido.
El disco abre con "As You Lie There", una canción que engaña deliberadamente. Su inicio es contenido y delicado, casi en la misma línea de los adelantos que conocimos previamente. Sin embargo, cuando llega el coro, McCartney recuerda por qué sigue siendo una de las figuras más importantes de la historia de la música popular. La canción explota con una naturalidad que solo alguien con más de seis décadas escribiendo melodías puede conseguir.
Un disco que no busca competir con su pasado
Quizás la principal virtud del álbum es que nunca intenta transformarse en el nuevo "Band on the Run", "Ram" o "Chaos and Creation in the Backyard". No necesita hacerlo. En cambio, funciona como una declaración mucho más sencilla y efectiva: Paul McCartney sigue teniendo ganas de hacer música y todavía encuentra nuevas maneras de hacerlo.
A lo largo de sus 14 canciones aparece un artista que continúa explorando sonidos, estructuras y emociones sin quedar atrapado por el peso de su propia leyenda. Hay rock and roll, momentos acústicos, pasajes más experimentales y una permanente búsqueda melódica que atraviesa todo el proyecto.
Entre la nostalgia y la energía
La nostalgia está presente, pero nunca domina el relato.
Canciones como "Days We Left Behind" o "Down South" conectan con la memoria, la infancia y las raíces de Liverpool. Sin embargo, el disco rápidamente encuentra equilibrio con cortes mucho más vigorosos como "Come Inside", "Lost Horizon" o "Salesman Saint", donde McCartney recupera una energía sorprendentemente juvenil. Ese contraste es precisamente lo que mantiene al álbum en movimiento. Cuando parece que el viaje tomará un camino contemplativo, aparece un riff de guitarra, un cambio de ritmo o una melodía que vuelve a encender todo.
Hay algo profundamente vital en la forma en que McCartney construye estas canciones. No suenan como recuerdos de alguien observando el pasado desde la distancia. Suenan como las ideas de un músico que todavía disfruta estar en el estudio.
Andrew Watt y un nuevo impulso creativo
La colaboración con Andrew Watt también resulta clave.
La producción logra que el álbum conserve la identidad clásica de McCartney, pero sin caer en ejercicios de nostalgia. El sonido es moderno cuando debe serlo y tradicional cuando la canción lo exige. Esa combinación permite que temas como "Mountain Top" o "Ripples in a Pond" se sientan frescos sin perder la esencia melódica que caracteriza a Macca.
Incluso en sus momentos más experimentales, el disco nunca pierde el foco. Todo parece girar alrededor de una obsesión que McCartney mantiene intacta desde los tiempos de The Beatles: encontrar la melodía perfecta.
Música para rato
Uno de los momentos más comentados del álbum es "Home to Us", donde finalmente se concreta un dueto oficial de estudio junto a Ringo Starr. Es un instante emocionante, pero sería injusto reducir el disco únicamente a ese encuentro histórico.
Porque "The Boys From Dungeon Lane" funciona mejor cuando se escucha completo. Ahí aparece su verdadera fortaleza: la sensación de estar frente a un artista que sigue creando por necesidad y no por obligación. El resultado es un álbum cálido, humano y sorprendentemente energético. No es el mejor trabajo de Paul McCartney. Tampoco intenta serlo.
Lo que hace es algo quizás más difícil: demostrar que, a punto de cumplir 84 años, sigue teniendo algo nuevo que decir. Y, sobre todo, sigue encontrando formas de hacerlo sonar emocionante.
Porque si algo deja claro "The Boys From Dungeon Lane", es que el retiro todavía está muy lejos del horizonte de Paul McCartney.
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