Internet dejó de ser solo un espacio de ocio o estudio. En paralelo al crecimiento de su uso, también se han expandido discursos de odio y dinámicas que pueden afectar directamente a menores.
Ese escenario ha encendido alertas en comunidades educativas. Cada vez más colegios están incorporando estrategias para detectar a tiempo posibles procesos de radicalización digital.
Un fenómeno silencioso que crece
En ese contexto, la red Cognita Chile implementó una Política de Prevención del Extremismo y la Radicalización. La iniciativa comenzó en julio de 2024.
El objetivo es identificar señales tempranas en estudiantes expuestos a contenidos extremos en plataformas digitales. Se trata de un enfoque preventivo más que reactivo.
La estrategia se basa en marcos internacionales como la guía de UNESCO, además de orientaciones del Ministerio de Educación.
El fenómeno que busca abordar es complejo. El extremismo violento implica la promoción o uso de la violencia con fines ideológicos, políticos o religiosos.
El factor emocional detrás del riesgo
Uno de los puntos clave está en el ámbito emocional. Según especialistas, la necesidad de pertenencia puede transformarse en un factor de vulnerabilidad.
“El sentido de pertenencia es una necesidad psicológica básica”, explica Valentina Cerda, desde el equipo de salvaguarda de la institución.
Cuando esa necesidad no se satisface, pueden aparecer respuestas negativas. La exclusión social, en ese sentido, puede potenciar conductas de riesgo.
A esto se suma el rol de la educación emocional. Comprender lo que se siente permite reconocer cuándo esas emociones pueden ser manipuladas por otros.
Señales de alerta en el comportamiento
No existe un perfil único de riesgo, pero sí hay señales que pueden encender alertas. Lo relevante es observar cambios sostenidos en el tiempo.
Entre ellos, aparecen modificaciones en el discurso. Ideas rígidas, intolerancia o posturas antidemocráticas pueden ser indicios.
También se observa admiración por la violencia o justificación de agresiones. Estos elementos suelen ir acompañados de aislamiento social.
Otro factor relevante es el consumo digital. La exposición constante a contenidos extremos o teorías conspirativas puede reforzar ciertas visiones.
El uso de símbolos o códigos ideológicos también forma parte de estas señales. En conjunto, configuran un escenario que requiere atención.
Prevención y acción dentro de los colegios
Frente a este panorama, algunas instituciones han desarrollado programas específicos. Uno de ellos es “Be an Upstander”, enfocado en el rol activo de los estudiantes.
La iniciativa busca que los jóvenes no sean espectadores pasivos. El objetivo es que puedan intervenir de forma segura frente a situaciones de conflicto.
Estas acciones se complementan con herramientas tecnológicas. Sistemas de filtrado permiten bloquear contenidos asociados a discursos de odio.
Además, existen protocolos internos de alerta. Ante conductas preocupantes, se activa un seguimiento con equipos de convivencia escolar.
Si la situación escala, puede derivarse a instituciones como Carabineros de Chile o la PDI. El foco está en actuar a tiempo.
El desafío, en todo caso, no es solo técnico. La prevención pasa también por generar espacios de diálogo, comprensión y acompañamiento dentro de las comunidades educativas.
