A casi dos décadas del estreno original, “El diablo viste de Prada” volvió a instalarse en el centro de las miradas, pero esta vez no solo por la nostalgia.
La secuela, dirigida nuevamente por David Frankel, se convirtió en un fenómeno de taquilla con más de 300 millones de dólares recaudados en sus primeras semanas.
Sin embargo, el verdadero giro de la historia ocurrió fuera de pantalla, en una negociación que reconfiguró la lógica salarial de Hollywood.
Meryl Streep no solo regresó como la implacable Miranda Priestly, sino que además lideró una estrategia que marcó un precedente.
Aunque su valor de mercado le permitía exigir una cifra superior, aceptó un sueldo base de 12,5 millones de dólares.
No obstante, el dato relevante no es el monto, sino cómo lo utilizó para establecer condiciones.
Según consignó Variety, la actriz impulsó un acuerdo de “nación más favorecida”, lo que obligó a igualar los contratos de sus coprotagonistas.
De esta forma, Anne Hathaway y Emily Blunt recibieron exactamente la misma cifra por retomar sus roles como Andrea Sachs y Emily Charlton.
La decisión, lejos de ser simbólica, consolidó el peso colectivo del elenco y evitó tensiones típicas en producciones de alto perfil.
A nivel narrativo, la película explota la dinámica de poder entre sus personajes. En la práctica, las actrices construyeron un frente común que fortaleció su posición frente a 20th Century Studios. Ese equilibrio explica en parte por qué el proyecto logró concretarse tras años de especulación.
“El diablo viste de Prada 2”: el verdadero negocio detrás del éxito
Ahora bien, el salario base solo representa una parte del negocio. A medida que la película sigue superando hitos comerciales, entran en juego las bonificaciones por rendimiento.
Este mecanismo, habitual en la industria, permite que las estrellas participen directamente en el éxito financiero del proyecto.
En este caso, las cifras escalan rápidamente. Con la recaudación ya sobre los 300 millones de dólares y proyecciones que anticipan nuevos indicadores, cada actriz podría superar los 20 millones de dólares en ingresos totales. Es decir, el verdadero contrato se activa con el público en las salas.
Este modelo híbrido cobra aún más sentido si se compara con otras producciones recientes.
Por ejemplo, en “Don't Look Up”, también protagonizada por Streep, Netflix aplicó una lógica distinta. Reemplazó los bonos de taquilla con pagos adelantados que simulan ese rendimiento.
En cambio, “El diablo viste de Prada 2” apostó por el esquema tradicional, donde el riesgo y la recompensa avanzan en paralelo.
La jugada, en retrospectiva, resultó precisa. La secuela no solo recuperó la inversión de 100 millones de dólares, gran parte destinada al elenco, sino que además reafirmó el valor comercial de una marca construida en 2006.
En ese contexto, la frase que circula en la industria cobra sentido, Streep “apostó por sí misma”.
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