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“Estamos salvando 1.000 vidas al año”: lo que está pasando en las calles ya no parece real

Vehículos Autónomos En Chile
Getty Images

La escena parece sacada de una película de ciencia ficción, pero ya es parte del paisaje urbano en ciudades como Londres y San Francisco.

Vehículos sin conductor recorren las calles, integrados al flujo del tráfico y tomando decisiones en milisegundos. Sin embargo, la reacción humana frente a esta tecnología sigue siendo instintiva y, muchas veces, contradictoria: un choque entre percepción y evidencia.

Daniel San Martín, especialista en futuro, relató en Concierto Valor su experiencia directa con estos sistemas. Al enfrentarse a un vehículo de Waymo, su reacción fue inmediata: “Mi naturaleza fue alejarme porque no hay un ser humano”.

Esa distancia entre la confianza biológica y la eficiencia técnica resume uno de los principales desafíos del transporte moderno.

El costo humano de conducir

Las cifras obligan a replantear el debate. En Chile, los accidentes de tránsito provocan cerca de 1.700 muertes al año, superando incluso los homicidios.

Frente a ese escenario, la conducción autónoma aparece no solo como un avance tecnológico, sino como una potencial solución estructural. Según datos de la propia industria, sistemas como los de Waymo podrían reducir la siniestralidad entre un 80% y un 90% en comparación con conductores humanos.

Para San Martín, el impacto es directo y medible: “Solo por el hecho de implementar conducción autónoma estamos salvando al año 1.000 chilenos o 1.000 personas en nuestro territorio”. En términos simples, se trataría de evitar hasta tres muertes diarias eliminando el error humano al volante.

Responsabilidad: el nuevo eje del debate

El avance tecnológico abre también un dilema jurídico clave: ¿Quién responde cuando no hay conductor?

En el Reino Unido, la discusión ya ha dado pasos concretos. El modelo adoptado traslada la responsabilidad desde el individuo hacia la empresa desarrolladora y operadora del sistema.

San Martín lo resume así: “al final va a ser la empresa la que se tiene que hacer responsable, incluso penalmente”. Este enfoque se complementa con la exigencia de seguros de alta cobertura, diseñados para responder ante cualquier incidente con montos significativamente elevados.

El “elefante negro” del empleo

Más allá de la seguridad, el impacto social es ineludible. En Chile, entre 250.000 y 300.000 personas dependen de la conducción como principal fuente de ingresos. Este es el “elefante negro” de la discusión: un problema evidente que aún carece de soluciones claras.

La transición, impulsada por compañías como Uber y Wayve, proyecta operaciones a gran escala hacia 2026. El desafío será gestionar ese cambio de forma gradual, equilibrando los beneficios en eficiencia y seguridad con políticas que eviten dejar atrás a miles de trabajadores.

La tecnología ya dejó de ser promesa. Ahora, el verdadero reto es político, económico y cultural: aprender a convivir con un sistema que, aunque más seguro en cifras, aún genera desconfianza en lo más profundo de la experiencia humana.


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