Cuando se habla de romances inolvidables en la historia del rock, el nombre de Paul McCartney aparece inevitablemente junto al de Linda. Más que una pareja célebre, fueron socios creativos, cómplices y sostén mutuo en uno de los momentos más intensos de la cultura popular del siglo XX.
Se conocieron en 1967 en el club Bag O’Nails de Londres. Ella, Linda Eastman, era una fotógrafa reconocida en la escena musical; él, integrante de The Beatles, la banda más influyente del planeta. La conexión fue inmediata, aunque muchos dudaban que la relación sobreviviera a la presión mediática y al fenómeno fan que rodeaba al músico.
En 1969 se casaron en una ceremonia sencilla, lejos de la pompa que muchos esperaban. Ese gesto anticipaba el estilo de vida que elegirían: familiar, discreto y centrado en lo esencial. Linda ya era madre de Heather y, poco después, nacería Mary, la primera hija de ambos. Más tarde llegarían Stella y James.

Amor, música y resiliencia
La separación de The Beatles marcó profundamente a McCartney, y fue Linda quien se transformó en su principal apoyo emocional. Juntos fundaron Wings, proyecto con el que iniciaron una nueva etapa artística y que dejó clásicos como “Band on the Run” y “Jet”, según recoge Rock & Pop. Linda, pese a no tener formación musical profesional, se integró a la banda tras aprender teclado, demostrando que su lugar estaba junto a Paul también sobre el escenario.
Ese compañerismo quedó plasmado en canciones como “Maybe I’m Amazed”, considerada una de las declaraciones de amor más sinceras del rock.
La familia optó por una vida sencilla, lejos del glamour excesivo. Criaron a sus hijos sin lujos innecesarios, priorizando valores y cercanía. Para ambos, el éxito nunca estuvo por encima del hogar.
En 1995, la pareja enfrentó su momento más difícil: a Linda le diagnosticaron cáncer de mama. Tras tres años de tratamiento, falleció en 1998, con Paul a su lado hasta el final.
Más allá de la tragedia, su historia sigue siendo símbolo de amor incondicional en la música. Un vínculo que resistió la fama, el escrutinio público y el paso del tiempo, recordándonos que incluso en el universo del rock, las grandes canciones nacen, muchas veces, de los afectos más genuinos.
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