El 18 de enero de 1973, Pink Floyd cerró las puertas del estudio tras dar vida a su octavo álbum de larga duración.
Bajo la ingeniería técnica de un joven Alan Parsons, la banda británica no grabó una colección de canciones, sino un ciclo vital que, hasta hoy, ha vendido más de 45 millones de copias. Pero, ¿qué es lo que hace que este prisma siga refractando la atención de las nuevas generaciones?
La ingeniería de lo invisible
El éxito del álbum radica en su experimentación sonora. Mientras Roger Waters cronometraba el tiempo de su equipo favorito, el Arsenal, o el grupo se distraía con Monty Python, Parsons lograba lo imposible con solo 16 pistas.
El uso de bucles de sonido (loops) hechos de monedas y papel roto en "Money", o el pulso cardíaco que abre "Speak to Me", introdujeron un concepto de sonido envolvente que hoy llamaríamos inmersivo.
La recomendación de la banda sigue vigente. Este disco se debe consumir con audífonos, como una experiencia introspectiva, no grupal.
El Prisma: entre la locura y la luz
El diseño de Hipgnosis es quizás el símbolo más reconocible del rock. Sin embargo, su significado va más allá de la estética. El prisma representa la locura como el precio a pagar para entender la "verdad" o la realidad pura (la luz blanca).
A través de las letras de Waters, el álbum explora dicotomías brutales. La vida y la muerte en "The Great Gig in the Sky", con la desgarradora e improvisada voz de Clare Torry, el conflicto en "Us and Them" y la tiranía del reloj en "Time".
Pink Floyd: un legado inalcanzable
The Dark Side of the Moon ostenta el récord de permanencia en las listas de Billboard. Escucharlo de principio a fin, cerrando con "Eclipse", sigue siendo el ritual definitivo para cualquier melómano que busque entender que, en realidad, no hay un lado oscuro de la luna. De hecho, es toda oscura.
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