El 11 de enero no es una fecha cualquiera para el calendario melómano. Hoy se cumplen 41 años desde que un visionario llamado Roberto Medina decidió que Sudamérica ya no sería el "patio trasero" de la industria musical.
En 1985, mientras Brasil respiraba sus primeros aires de democracia tras dos décadas de dictadura, la Cidade do Rock se erigía no solo como un recinto de conciertos, sino como un monumento a la libertad.
Rock in Rio 1985: el cartel soñado
Cuando los gigantes pisaron el barro¿Qué tan difícil era traer a Queen o AC/DC a esta región en los 80? Casi imposible. Sin embargo, Rock in Rio 1985 logró lo impensable, reunir a 1.5 millones de personas bajo el calor sofocante de Rio de Janeiro.
No olvidemos que Freddie Mercury llegó en la cúspide de su carrera tras la gira de The Works. Aquella imagen de miles de gargantas coreando "Love of My Life" bajo las estrellas cariocas sigue siendo, hasta hoy, uno de los momentos más emocionantes en la historia del rock. Pero el festival fue mucho más que nostalgia británica.
Fue el Iron Maiden de la era Powerslave sangrando en el escenario y un Ozzy Osbourne que, con la biblia del metal bajo el brazo, demostraba por qué era el "Príncipe de las Tinieblas".
Más que música: cifras y curiosidades de un mega evento
Para entender la magnitud, hay que mirar los números que hoy parecen leyendas urbanas:
- Consumo masivo: Se despacharon 1.6 millones de litros de bebida y 900 mil hamburguesas.
- Diversidad sonora: El festival no temió mezclar el virtuosismo de George Benson con la rebeldía punk de Nina Hagen o el pop vibrante de las B-52s.
- Cobertura histórica: Medios de toda la región, incluyendo enviados especiales de Chile, documentaron cómo el "show business" finalmente instalaba una sucursal en el sur.
El legado 41 años después
Hoy, en pleno 2026, los festivales modernos le deben su ADN a esos diez días de enero. Rock in Rio no solo profesionalizó la producción técnica en Latinoamérica, sino que le dio una voz a una juventud que necesitaba gritar.
A cuatro décadas y un año de aquella gesta, el barro de la Ciudad del Rock se ha secado, pero el eco de la guitarra de Angus Young y la elegancia de Yes siguen resonando en cada rincón del continente.
Fue el primero, fue el verdadero y, definitivamente, fue el que nos enseñó a soñar en grande.
