El 2 de enero de 1969, The Beatles volvieron a reunirse en un estudio de grabación. No era una sesión cualquiera. Ese día comenzaban los trabajos de un proyecto ambicioso, incierto y emocionalmente cargado: el álbum que terminaría llamándose Let It Be.
Sin saberlo del todo, John Lennon, Paul McCartney, George Harrison y Ringo Starr estaban dando los primeros pasos hacia el cierre definitivo de su historia como banda.
Un proyecto que buscaba volver al origen
La idea inicial era simple en el papel, pero compleja en la práctica: grabar canciones nuevas volviendo a lo esencial, sin grandes arreglos ni artificios de estudio. Querían tocar “en vivo”, mirarse a los ojos y recuperar la química que los había convertido en el grupo más importante del siglo XX. El proyecto se llamó originalmente Get Back, y contemplaba incluso un concierto final que sería registrado para un documental.
Sin embargo, desde el primer día quedó claro que algo había cambiado. Las sesiones, realizadas inicialmente en los fríos y poco acogedores estudios de cine de Twickenham, estuvieron marcadas por silencios incómodos, discusiones creativas y una sensación constante de desgaste. Paul empujaba el proyecto hacia adelante, John parecía distante, George comenzaba a sentirse relegado y Ringo observaba, paciente, el quiebre que se acercaba.
Canciones inmortales en medio del caos
Paradójicamente, de ese clima tenso nacieron algunas de las canciones más emblemáticas del cancionero beatle. Let It Be, Across the Universe, Get Back, The Long and Winding Road y I’ve Got a Feeling tomaron forma en jornadas que mezclaban genialidad y frustración.
El momento más recordado llegaría semanas después, con el histórico concierto en la azotea del edificio de Apple Corps, una despedida improvisada que hoy es parte fundamental de la mitología del rock.
El último capítulo, aunque aún no lo sabían
Aunque Let It Be se publicó en 1970, después de Abbey Road, fue en estas sesiones iniciadas un 2 de enero cuando quedó en evidencia que The Beatles estaban llegando a su final. No hubo anuncios formales ni despedidas épicas en ese momento, solo cuatro músicos enfrentando el peso de su propia historia.
Más de cinco décadas después, Let It Be sigue siendo un testimonio honesto, imperfecto y profundamente humano del último aliento creativo de una banda irrepetible. Un disco que, como pocas obras en la historia, transforma la despedida en arte.
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