Cuando se habla de los Bee Gees, la memoria colectiva suele detenerse en los falsetes de Barry Gibb o en la imagen del trío como ícono de la era disco. Sin embargo, Maurice Gibb fue durante décadas el verdadero eje musical del grupo: multiinstrumentista, arreglista, productor y arquitecto silencioso de su sonido.
El 12 de enero de 2003, Maurice falleció a los 53 años en Miami, producto de complicaciones derivadas de una torsión intestinal. La noticia golpeó con fuerza a la industria musical y, especialmente, a sus hermanos, con quienes había compartido escenario, estudio y vida desde la infancia.
El equilibrio interno de los Bee Gees
Dentro de la banda, Maurice cumplía un rol clave: era el mediador, el músico técnico, el que entendía cómo unir ideas y convertirlas en canciones inolvidables. Su dominio del bajo, los teclados y la guitarra permitió que los Bee Gees evolucionaran constantemente, desde el pop melancólico de los años 60 hasta la revolución disco de Saturday Night Fever.
Sin Maurice, ese equilibrio se rompió. Poco después de su muerte, Barry y Robin anunciaron que los Bee Gees no continuarían como grupo, entendiendo que la esencia del proyecto estaba incompleta.
Un legado que sigue sonando
La muerte de Maurice Gibb marcó un punto de no retorno, pero también consolidó su legado. Hoy trasciende como uno de los músicos más versátiles y subestimados del pop moderno, responsable de algunas de las armonías más reconocibles del siglo XX.
Cada 12 de enero, su figura vuelve a emerger entre canciones, recuerdos y vinilos. Porque aunque su voz no siempre estuvo al frente, sin Maurice Gibb, los Bee Gees nunca habrían sido lo que fueron.
